Alfonso Jesús Población Sáez nos cuenta cómo conoció a Delibes

Durante uno de los habituales paseos dominicales por el Campo Grande, mi padre me cuchichea en voz baja: “Fíjate en ese señor que está sentado en ese banco”. Se trataba de un señor con una gorra inglesa que leía tranquilamente un periódico. Lo miré de reojo al llegar a su altura, él ni se inmutó, y algunos pasos después, mi padre me preguntó: “¿No sabes quién es?” Obviamente, a mis seis o siete años de entonces no tenía la más remota idea. “Es Miguel Delibes”, me dijo, “me examinó en la Escuela de Comercio. ¿No te has fijado en los libros del salón?”.

Al regresar a casa pude comprobar que, efectivamente, teníamos (y aún conservamos) cuatro tomos encuadernados en piel de Ediciones Destino con el único título de Obra completa. Con el tiempo, sus obras han ido llenando varios estantes de nuestra librería.

Los domingos siguientes tuvieron el aliciente de intentar volver a localizarlo, probablemente volviera a verlo, pero pronto me olvidé de aquel señor tan ensimismado en su lectura. Por supuesto, al ir pasando los años y superando cursos académicos, entendí mucho mejor la relevancia del escritor.

Ya de joven volví a cruzarme con él en alguna sesión de la Seminci. Con la perspectiva del tiempo, a veces pienso, ¡¡qué oportunidad perdida!! Hoy sí me hubiera atrevido a decirle algo. El bromista azar hizo que, siendo ya profesor universitario, tuviera en una de mis aulas como alumno de matemáticas de la titulación de Informática de Gestión, a uno de sus nietos. ¿Se cruzarán de nuevo nuestros presentes o futuros descendientes alguna vez?



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