Valladolid ha sido la cuadragésima ciudad que Javier Sierra visita dentro de su gira de promoción de la novela El fuego invisible. Desde noviembre ha recorrido 65.522 kilómetros que le han llevado por cinco países y su obra ha vendido ya 350.000 ejemplares. Unas cifras de ‘vértigo’ que para el escritor turolense suponen la confirmación del camino emprendido en su forma de entender la literatura.

«El Premio Planeta ha significado la confirmación de que el tipo de novela que escribo desde hace más de dos décadas, que es una novela de investigación histórica, que trata de arrojar luz sobre enigmas del pasado, tiene su hueco en la literatura contemporánea», aseguró en la rueda de prensa previa al encuentro que mantuvo ayer con los lectores en la Feria del Libro de Valladolid, moderado por el periodista de la Cadena Ser, Carlos Flores.

En este sentido, considera que en la literatura se está volviendo al clasicismo y se valora que las publicaciones estén al servicio de lo que se cuenta. «Tiene que haber una historia detrás. No vale solo la belleza por la belleza. El lector contemporáneo que sabe que tiene tantísimo que leer se vuelve muy selectivo y valora la literatura que le forma, le informa, le da criterio y no solo la que le embelesa con las palabras», defendió.

De su boca sólo salen palabras de agradecimiento hacia el premio  y las buenas ventas ponen de relieve, a su juicio, la ‘buena salud’ tanto del galardón como del sector del libro que se recupera después de años difíciles.

El Planeta le ha llegado, según sus palabras, ‘entrenado’ porque Sierra ya ha vivido las mieles del éxito de ventas como único autor español que dentro del Top 10 de más vendidos en Estados Unidos.

En su última novela, El fuego invisible, se adentra en la historia del Santo Grial, una idea que le llevó a estudiar sobre este misterio a raíz de una visita al Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona, que conserva la mayor colección del mundo de ábsides románicos pintados. «Paseando entre ellos me detuve ante el de San Clemente de Tahull, que se recoge en la portada, y debajo de ese famoso pantocrátor encontré una figura que me resultaba familiar: una mujer que sujetaba en sus manos un objeto, un cuenco del que irradiaba una luz sobrenatural. Esa era la primera descripción que se halla del Santo Grial, que aparece 60 años después de que se pintara el ábside en Cataluña».

Fue en ese momento cuando se percató de que «el grial había sido pintado en los Pirineos antes de que un escritor francés lo describiera en centro de Europa». «Ahí es donde me di cuenta de que había una historia que contar que no había sido contada».