6.- Durante los cursos en que Zorrilla estudió leyes en la Universidad de Valladolid, se reencontró con amigos de infancia como Miguel de los Santos Álvarez y Pedro Madrazo. Nuestro poeta aprovechó su paso por cátedras para participar de la algarabía estudiantil, cortejar bellas damas, practicar el dibujo del natural en furtivas excursiones por las ruinas de la provincia y, sobre todo, para escribir versos. En estos años se hizo patente su sonambulismo y, asimismo, vieron la luz publicados sus primeros poemas y su primer cuento: ‘La mujer negra’, un relato ambientado en la localidad palentina de Torquemada, con todos los ingredientes del canon romántico. El cuento apareció en una publicación vallisoletana, ‘El artista’, que llegaría a ser una de las cabeceras más importantes del Romanticismo literario en España.

7.-  A poco de comenzar el curso 1836-1837, el padre de José Zorrilla tiró la toalla, desistió de intentar conducir a su primogénito por los caminos del derecho y dio orden de que su hijo se dirigiera a Lerma, donde se encontraban su madre y él, para ocuparlo en otro tipo de asuntos. Sin embargo, durante el viaje a Lerma, al pasar por Torquemada, en Palencia, parece que Zorrilla vio desde el coche en una tierra que sabía que era de su familia, una yegua en libertad; y, convencido de que lo que le esperaba en Lerma terminaría de arruinar sus sueños, robó el animal y puso rumbo de vuelta a Valladolid. En la ciudad, con ayuda de sus amigos de facultad, vendió el animal y compró un pasaje para viajar a Madrid en coche de postas, al día siguiente. Así lo hizo; de suerte que Zorrilla dio con sus huesos en la capital del reino, en algún momento de los primeros días de 1837. Su familia y el mundo le perdieron, literalmente, la pista. Zorrilla tenía 19 años, aunque no le quedaba ya mucho para cumplir los 20.

8.- De fantasmas… Esto le ocurrió a Zorrilla en la casa de Valladolid, cuando tenía 5 años: «Una tarde mientras dormía mi padre la siesta y mientras mi madre en el comedor arreglaba los trastos con las criadas, arrastraba yo por la antesala mi caballo de cartón, pasando y repasando por delante de la puerta entreabierta del aposento [el cuarto de huéspedes] […] Empujé y abrí del todo la puerta: una señora de cabello empolvado, encajes en los puños y ancha falda de seda verde, a quien yo no había visto nunca, ocupaba efectivamente el sillón, y con afable pero melancólica sonrisa me hacía señas con la mano para que me acercase a ella. […] […] me dijo con una voz que no sabría explicar dónde me resonaba […]: “Yo soy tu abuelita; quiéreme mucho, hijo mío, y Dios te iluminará.” […] “Mamá, ahí está la abuelita.” Creyó mi madre que era la suya, que había llegado de Burgos sin avisar, y corrió a la antesala; pero no hallando a nadie, me dijo: […] “¡En ese cuarto tu abuelita Jerónima! (Era el nombre de mi abuela materna). “No, otra vestida de verde, con puños de encaje. Ven a verla.” Y tomándola de la mano la conduje a la puerta del aposento, cuyo sillón estaba vacío […]. Nueve o diez años más tarde, en la casa familiar de Torquemada (Palencia)… […] Allí una tarde, registrando unos camaranchones de la casa vieja […], tiré yo de una maraña de lienzos, manojos y restos informes y polvorientos de despedazados trastos, y dí entre ellos con un lienzo sin marco, […] y al descubrir el retrato que en él hallé pintado, dije a mi padre: “¡El retrato de la abuela!” Volviose mi padre, miró el retrato, y me dijo con extrañeza:
– ¿Pues de qué la conoces tú, si jamás la has visto?
– ¿No se acuerda usted –le contesté yo– de que siendo muy niño vi una señora, que me dijo que era mi abuela, en el aposento cerrado de la antesala de nuestra casa de la calle de la Ceniza?» Era la imagen de doña Nicolasa, la abuela paterna de José Zorrilla, fallecida tiempo antes de que el poeta naciese…

9.- Zorrilla sonámbulo… Cuenta Zorrilla que, siendo estudiante en la Universidad de Valladolid, fue llamado ante la presencia del rector Tarancón, quien intentaba esclarecer un incidente ocurrido la noche anterior:
«– Pero, muchacho, por los clavos de Cristo, no quieras hacerme comulgar con ruedas de molino; tú estabas a medio vestir, con los ojos abiertos, apoyado en la baranda del balcón y dirigiendo la palabra a la calle. ¿Qué hacías así?
– Vuelvo a jurar a usted, Sr. Tarancón, que no lo sé; que cuando me vi cara a cara con usted, como si volviera de un sueño, me asombré de no
encontrarme en la cama; porque tengo conciencia de haberme desnudado y acostado a las diez; ya se lo dijo a usted mi patrona.
[…] Sí: ¡yo era sonámbulo a los 19 años! Los disgustos de familia me habían envenenado el corazón, y la fiebre del corazón me había exaltado y descompuesto el cerebro. Yo era sonámbulo: y el sonambulismo es la primera estación del camino de la locura».
Y nos cuenta también:
«Una noche me acosté cansado de dar vueltas a una idea, la cual no pude encajar en la métrica elegida para mi composición: conté, según mi costumbre, los versos aquel día escritos; marqué su número debajo de una línea horizontal puesta al lado del último, y me entregué al sueño,
esperanzado de encontrar el fin de mi estrofa con el reposo de aquella noche y la luz del siguiente día. ¡Cuál fue mi admiración encontrando al levantarme seis versos más escritos debajo de los contados, con la misma igualdad, con tan segura mano como éstos, y encerrando la idea rebelde que había resistido a todos mis esfuerzos de la noche anterior! […]».
En ‘Recuerdos del tiempo viejo’ hay más episodios sobre el sonambulismo de Zorrilla…

10.- Zorrilla alucinado… A lo largo de su vida, Zorrilla experimentó un buen número d alucinaciones, en estado de semi-vigilia. Quizás una de las más llamativas sea la de su encuentro con el rey de los gnomos y su pueblo, la noche del 27 de abril de 1846, una noche que el poeta pernoctó en La Alhambra.
«A poco de haber conciliado el sueño, me desperté de repente azorado. […] Cuál fue mi asombro al verme rodeado de un centenar de hombrecillos de pie y medio de estatura, contrahechos, patiestevados y cabezudos, que me contemplaban a su vez absortos […].
– Pero, ¿quiénes sois vosotros? –exclamé yo sin poder contener mi curiosidad.
– Poeta, cristiano injerto en moro, ¿nos estás viendo y no nos conoces? Nosotros somos los gnomos de La Alhambra; habitamos bajo tierra de sus cimientos, dentro de su montaña roja, y cuidamos de su conservación y sostén, previniendo las averías con que los terremotos pueden perjudicarla».

La narración de aquel encuentro no tiene desperdicio. Y, como se ha dicho, es sólo una de muchas alucinaciones que nuestro poeta cuenta en su autobiografía.