SIN TÍTULO N.º 28 Pablo Macías Casado

La lágrima arrasó su piel blanca como si fuera una cicatriz. La limpió con un poco más de maquillaje. El espejo le devolvió una mueca de disgusto; no podía permitírselas, era un payaso. Sus ojos se fueron posando en la cama sin hacer del minúsculo habitáculo; en la flor de plástico dentro de un vaso de agua; en su chaqueta violeta; en sus zapatos relucientes y gigantescos. Lentamente, una sonrisa perfecta, profesional, fue subiendo por su rostro. No fue suficiente. Algo no estaba bien en el hombre del espejo. Suspiró y abrió el cajón para sacar la foto de su esposa. Siempre estuvo demasiado fuerte para ser trapecista. Cuando la ayudaba a depilarse, solía soltarle alguna broma cruel. Ella había sido demasiado buena y a él le gustaba, le parecía distinta. Acordarse de su muerte le hacía más fácil concentrarse antes de salir al escenario. Lo había aprendido de su padre: disciplina, disciplina y disciplina. Si pierdes el control, te vienes abajo, la función se viene abajo y este maldito circo se viene abajo. Así que no seas idiota. La verdad es que no le parecía un buen consejo, pero era su padre. El payaso guardó la fotografía, terminó de vestirse y con paso firme abandonó la caravana. No es que fuera la mejor pero había conseguido darle un cierto toque rústico con algunas maderas y pintura color caoba.

Atravesó el descampado y se metió a la carpa por la zona reservada a los artistas. El director le miró con cierto desagrado, pero al payaso no le importó. Era un buen tipo y hacía lo necesario. Es difícil mantener un circo y él se las apañaba.

Su compañero aquella vez era literalmente un vagabundo. Le había costado una botella de vino, de la cual ya se había ventilado la mitad y la promesa de un par de ellas más al terminar la función.

El payaso dudaba que al final tuviera que dárselas. Había tenido compañeros peores. Y desde luego tenía la nariz absolutamente pintada de rojo.

El payaso saltó al escenario con su sonrisa y su mecánico levantar y bajar la mano en un saludo interminable. Dio una vuelta y no pudo evitar contar a los espectadores. Mañana comerían garbanzos. Aun así, a pesar de ser pocos, eran ruidosos y algunos eran niños.

Cuando completó la espiral que le llevaba al centro, soltaron al borracho. Se tambaleaba de una forma coherente. El payaso se acercó a él como si fuera a saludarle, pero, en el último instante, se llevó la mano a la nariz y le sacó la lengua a él y, de paso, a todo el público. Les encantó.

Fingió darle una patada en el trasero y comenzó a dar vueltas a su alrededor. Era como bailar. El vagabundo borracho hacía un gesto y el payaso lo amplificaba volviéndolo cómico. De hecho, en un instante lo tomó entre sus brazos y comenzaron a bailar. Solo le detuvo una palidez que no presagiaba nada bueno.

Ocurriera lo que ocurriera, pondrían música y salvarían la actuación. Pero él tenía una dignidad que defender. Le puso la zancadilla y el vagabundo cayó al estable suelo. Debería haberse sentido mejor pero misteriosamente comenzó a llorar desconsolado. El payaso, lógicamente, comenzó a reírse de él, mirando a todas partes y a ninguna, como lo haría un niño; como lo haría un buen payaso.

– Ana –dijo el vagabundo borracho entre hipidos.

El payaso se detuvo paralizado en mitad de un gesto.

– ¡Ana! –salió apenas de los labios del payaso.

La vio caer del trapecio. Como aquella vez, estiró su mano hacia la nada. Como si estuviera siguiendo su cuerpo incapaz de ordenarle a sus ojos que se cerraran.

El público les miró confundido. Su ayudante le pasó la música de salida, pero él ya estaba lejos, pensando que había sido el causante de la muerte de Ana. Ella había descubierto su aventura con la “mujer Maravilla” y, sencillamente, saltó.

– Nadie sabe lo difícil que es controlarlo todo –pensó.

Entonces, el payaso sintió, por primera vez desde la muerte de su esposa, un abrazo. El vagabundo y él se fundieron en el llanto, repitiendo aquel nombre que les unía a alguien a quien habían amado.

Y el público rompió en aplausos.