EL INDIANO     N.º 16         Javier Casado Alonso

 

Las campanas descerrajaron el silencio de la medianoche con frialdad y eficacia. Don Crispín azuzaba al chaval del Mauro, que ya con las manos encallecidas y tumefactas apenas podía seguir asiendo la soga. Un hilillo bermellón le resbaló por la muñeca.

– Padre, ¿no cree que ya hemos preparado suficiente jaleo?
– ¡Calla, bruto! No seas irrespetuoso.
– Pero… Si nadie conoce a la difunta…
– Ya, pero don Claudio es un hombre generoso y espléndido con las contribuciones al templo.
– ¡Bah! Un indiano renegado. Aquí tenía que haber estado cuando mi “má”, en los años de la hambruna…

Dejemos el coloquio en el campanario porque no muy lejos de la iglesia empezaban ya a congregarse los parroquianos en un número incalculable. Parecía que cada vecino había dotado de entidad a su propia sombra hasta convertirla en un replicante y que el pueblo había multiplicado por dos su número de habitantes.

Los cuchicheos revoloteaban por la plaza como los zopilotes sobre la carroña.

– Pues yo jamás la vi.
– Dicen que era la mujer más guapa de México.
– ¿Una mestiza?
– Calla, animal. Española por los cuatro costados, de estirpe de conquistadores.
– Y… ¿para qué coños vino a morir aquí si no vivió con el indiano en los últimos veinte años?
– Se cuenta que era muy avispada para los números y que él la tenía allí, en las Américas, controlando su hacienda.
– ¡Bobadas! Una esposa tiene que vivir y yacer con su esposo y si no…
– No, si él…
– ¿Él, qué?
– Nada, que se comenta que se benefició a la Maite.
– ¿A la Maite?
– Pues yo oí que a la Juani…
– ¡Chitón! Que viene el alcalde…

Las autoridades engalanadas como cuervos de alcurnia aparecieron encopetados y con aire circunspecto. El alcalde agarraba por el brazo al viudo desconsolado, que no apartaba la vista del empedrado. Tras él iban el alguacil, el médico, el boticario y Mauro, que hacía la función de cordón policial, impidiendo que las plañideras más histriónicas se abalanzaran sobre don Claudio.

Ya en la casa blasonada, el ama de llaves tenía preparadas las viandas, alineadas en perfecto estado de revista. Sobre una interminable mesa de madera, en el zaguán grande, había dispuesto una panoplia de manjares que ayudaran a soportar las penas y que parecían salidas del “cuerno de la abundancia”: chorizo, lomo, jamón, queso, pan con chocolate, rosquillas de anís, bizcochos y tarta de almendras. Todo ello en alegre compañía de los caldos de la tierra y de una surtida representación de licores procedentes de los más diversos alambiques de la zona.

Una vez que don Claudio y las “fuerzas vivas” del lugar hubieron ocupado sus sitiales para el ritual del besamanos, Mauro abrió el portón. El chirriar de los cerrojos al liberarse dio paso a una estampida de proporciones bíblicas; como si hubiesen destripado el Arca de Noé, por entre las jambas de la entrada se colaron todo tipo de individuos ávidos de saciar la gazuza e intercambiar los últimos chismorreos.

Al fondo de la sala principal, sobre un excelso túmulo decorado con adamascado bordado con hilo dorado, se elevaba el ataúd de doña Suspiros, la esposa de don Claudio. En sus aledaños, haciendo honor a su nombre, se agolpaban –tras haber pasado por la zona de avituallamiento– las más avezadas mujeres del “belle llanto”. Sus “ays” y gimoteos contagiaban a los dos galgos que, desde el corral, les hacían los coros.

El bullicio que se creó en la mansión era más propio de un lupanar que de un funeral. El vinillo corría por cauces desbordados salpicando pecheras e inundando gaznates; y pronto comenzaron a aflorar manos que se deslizaban por algún vestido.

Aquellos momentos de desenfreno cesaron súbitamente, al asomar la figura de don Crispín, con el incienso y sus oraciones declamadas a pleno pulmón. El sacerdote mostró sus dotes de barítono, aplacando la desmedida lascivia que se había apoderado de los feligreses, abducidos por los vapores etílicos. Hasta ese momento, las autoridades que arropaban a don Claudio no habían podido frenan el influjo de Sodoma y Gomorra entre los presentes; pero ahora todos, de rodillas, con los ojos vidriosos, respondían cual alumnos aplicados a las letanías del cura. La carnalidad había dejado paso a un devoto automatismo.

El viudo, aquejado de un ataque de nervios, se deslizó escalera arriba hacia sus aposentos. La Maite y la Juani, con una tisana y unas rosquillas caseras, le siguieron.

– Este hombre tiene que reponer fuerzas –decía la primera.
– Sí. Es muy duro perder a tu alma gemela –decía la segunda.

El pelotón de cotillas de la localidad comenzó a cuchichear a un ritmo desaforado.

– ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¿Qué te decía?
– No, mujer, eres una mal pensada…
– ¡Con su esposa de cuerpo presente…!

Don Crispín silenció las habladurías elevando unos tonos sus rezos, hasta alcanzar una escala desconocida por el oído humano. Las copas de cristal y las lágrimas de la araña de la sala principal tiritaron de pánico. El zagal de Mauro, que estaba en esa edad de los grandes descubrimientos, salió a la huerta al escuchar unos gemidos pertenecientes a otro tipo de música; y, al ver luz en la ventana del segundo piso, trepó hasta ella como un auténtico primate, hasta que sus resentidas manos le fallaron y no pudieron asir la enredadera. Su cuerpo fue a caer, obedeciendo al gran Newton, sobre su padre, que había intentado darle caza. En un instante, padre e hijo, hijo y padre, eran un todo inconsciente y sumido en un agujero negro profundo y opresivo. Evidentemente, el crío no pudo contar lo que había visto en el piso superior y ambos fueron conducidos a las cuadras, para que se recuperasen sobre el heno.

Mientras tanto, el cura había continuado con la dirección del orfeón, que no veía el momento de volver al refrigerio. Llegaba ya al último misterio cuando, al hacer una pausa para tomar aire, se escuchó en la estancia un violento tableteo procedente de la planta de arriba, seguido de una retahíla de alaridos y palabras soeces que alarmaron a la concurrencia. Las mujeres se persignaron de forma visceral y los hombres se miraron con ojos inyectados en ígneo deseo.

El silencio se apoderó del velatorio y nadie se atrevió a rezar, beber o comer. Todos escuchaban incrédulos los ruidos provenientes del dormitorio.

Al poco, la Maite y la Juani bajaron la escalinata, recomponiéndose la figura. Don Claudio las seguía a distancia, con semblante ensombrecido. Se paró de pronto, hizo una mueca demoniaca y arrojó una bolsa de monedasa los esposos de sus acompañantes.

Don Crispín, atónito, demudado, sudando por cada poro de su piel y sin atreverse a cruzar la mirada con el anfitrión, ascendió los peldaños del túmulo, se acercó al féretro y profirió un grito horroroso y estertóreo y dijo:

– ¡No hay cadáver!

Después se desmayó.

Desde aquella noche, todos los años se celebra el “no fallecimiento” de doña Suspiros. Y, siempre con la misma entrega, acuden al aniversario zagalas de todas las comarcas, esperando ser las elegidas por don Claudio.